Luis no come lo suficiente. A veces, antes de salir a trabajar por las mañanas, come un huevo. Por las noches, a veces, un nopal, una sopa precocida o unas espinacas. No siempre es así.

Sus manos tienen grietas que le suben hasta los codos porque no toma mucha agua. “Es muy cara y no me alcanza”, justifica.

Luis trabaja en el comercio informal, vende pepitorias y alegrías mientras camina por toda la Ciudad de México. Cuando el negocio no va bien, come un par de sus productos. “El hambre es fuerte”, explica.

No está seguro de su ingreso mensual, pero calcula que está entre los tres mil y los cuatro mil pesos. De eso destina dos mil para rentar un cuarto cerca del reclusorio de Santa Martha Acatitla, 800 pesos para sus pasajes y el resto para comer.

“A veces un huevo, una sopita, unas hierbitas, lo que se pueda”.

la nueva pobreza alimentaria en México
Bulto de alegrías que Luis carga por toda la ciudad. Desde la colonia Juárez hasta la colonia Del Valle, para después regresar a su casa en Iztapalapa. Foto: Alejandra Crail

Luis se parece a Concepción, una mujer que trabaja en el área de limpieza de un corporativo en Paseo de la Reforma. Concepción tampoco come lo suficiente, aunque igual que Luis percibe más que un salario mínimo al mes, gana tres mil 500 pesos por 30 días de trabajo.

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En su hora de comida casi siempre se alimenta con un sándwich: rebanada de jamón, un brochazo de mayonesa, una rodaja de queso y una más de jitomate; agua para acompañar.

A veces trae frijoles con arroz, de vez en cuando consume alguna fruta. Desayuna huevo o sólo café y un pan, según si es principio o fin de la quincena, o si le pagaron a tiempo. No cena.

“Es que no me alcanza para todo: la renta, los servicios, los pasajes y comer. No sé cuándo todo se volvió más caro ni cuándo se redujo el tiempo”, explica la mujer que viste uniforme azul turquesa de pies a cabeza.

«El alza en los precios está afectando el derecho a la alimentación de gran parte de la población en México», Coneval

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Verduras en el Mercado Juárez, delegación Cuauhtémoc. Foto: Alejandra Crail

Concepción no es la única que nota el alza en los precios, ni Luis es el único que calma el hambre con lo que puede comprar con sus ingresos.

Según el Coneval, cuatro de cada 10 personas que habitan en zonas urbanas tienen ingresos laborales insuficientes para adquirir una canasta básica alimentaria; en el campo, la cifra es peor, son seis de cada 10. Y la estadística va en aumento.

En el Informe de evaluación de la política de desarrollo social 2018, el Consejo detectó que el alza en los precios está afectando el derecho a la alimentación de gran parte de la población en México, sobre todo en la frecuencia, cantidad y calidad de consumo de alimentos requeridos para una dieta nutritiva.

Luis, por ejemplo, ha vivido las dos realidades. Es originario del décimo municipio más pobre de México: San Simón Zahuatlán, Oaxaca. “Allá es peor, acá al menos sale algo”, dice el hombre que tiene la muñeca izquierda rota y que formó parte del 99.4% de los habitantes de ese municipio oaxaqueño que vive en pobreza.

Allá, en San Simón Zahuatlán, dormía en la tierra, resguardado por un techo de lámina, comía un día sí y un día no, cuando lo hacía era en cantidades mínimas.

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Ahora no come mucho, pero lo hace con más frecuencia y tiene un ingreso relativamente fijo, pero tampoco le alcanza para comer lo necesario.

La doctora Miriam Bertran Vilà, investigadora en alimentación y cultura de la UAM Xochimilco, explica que el problema en el alza de precios está causando una doble carga en el país: “en el tema de inseguridad alimentaria, hace algunos años sólo hablábamos de la insuficiencia, de la gente que pasaba hambre, ahora hablamos de la insuficiencia de calidad en la alimentación. No todos tienen acceso a los alimentos con los nutrientes necesarios para tener una buena salud”.

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El pollo solía ser la carne más accesible para la población, por sus bajos precios. Actualmente su precio supera el valor del salario mínimo diario. Foto: Alejandra Crail

Por un lado, los precios de la canasta básica van en aumento, por el otro, los ingresos de la población se están reduciendo.

Esto, explica la especialista, se traduce en problemas graves de salud que afectan el desarrollo individual de las personas y son consecuencia de las políticas que ha implementado el gobierno las últimas décadas.

“Somos un país fuerte económicamente, está dentro de las 20 economías más importantes del mundo, su Producto Interno Bruto ha crecido, pero los beneficios no se notan en el día a día de la población. La globalización nos hace exportar al mundo entero, pero aquí tenemos personas que nunca podrán incluir en su dieta un aguacate”, detalla.

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El crecimiento del PIB, por ejemplo, no ha tenido las tasas esperadas y se refleja en el estancamiento de la economía nacional y del ingreso de las personas. La inflación, detalla el informe del Coneval, ha mermado el poder adquisitivo y son las frutas y las verduras las que más han aumentado de precio.

Por ejemplo, el tomate verde y el jitomate tuvieron aumentos del 15.7 por ciento y del 9.7 por ciento en el último año, cita el documento. A ello hay que sumarle el incremento en el precio del gas, la luz y demás servicios básicos para un hogar.

La economía, dicen los especialistas, está teniendo un impacto negativo en la vida de las personas y se nota en el derecho más básico, la alimentación. La reforma laboral y la precariedad que se ha generado en este rubro y las variaciones económicas están empeorando los hábitos alimenticios.

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El acceso a proteínas de origen animal se reduce por los altos costos, entre más frescos, más caros. Foto: Alejandra Crail

Bertran Vilà agrega que el hecho de que la población no esté alimentándose con frecuencia y con la calidad suficiente incrementará los problemas de salud, desde la anemia hasta la obesidad, pasando por las enfermedades crónicas como la diabetes y el cáncer, así como con los padecimientos cardiovasculares.

Antes el pollo era la carne más barata, hoy un kilogramo de este animal supera los 100 pesos, un precio por encima de un salario mínimo ($88.36).

En 2011, por ejemplo, un kilo de huevo blanco, según la Profeco estaba en $16.33, actualmente el precio mínimo es de $30.

“Lo peor, es que lo que hacen las instituciones es culpar al ciudadano que ‘no quiere alimentarse bien’, cuando en realidad no existen las condiciones para que una persona se alimente plenamente, con satisfacción, con mesura y frescura”, refuerza Bertran.

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A Luis no le importa lo que pase con la economía y no sabe si su forma de alimentarse le ha generado problemas de salud, no ha ido al doctor.

Sabe que tiene que comer frutas, verduras, un poco de carne de vez en cuando y se reconoce como alguien que no come lo suficiente. «Pero es para lo que me alcanza, una tortilla, unas verduritas, un huevo de vez en cuando y si no, una alegría, que al menos me engañe por un rato».

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